Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

jueves, enero 29

La dictadura iraní y la hipocresía de Occidente

 

El régimen de los ayatolás es uno de los más autoritarios y repulsivos en la actualidad, algo que tarde o temprano debería saltar por los aires y perdón por la violenta metáfora, yo que soy contrario a cualquier agresión militar interesada como las que perpetra ese defensor de la libertad y la democracia que es Estados Unidos. Desde el inicio de la conocida como revolución islámica en Irán, toda oposición al régimen ha sido brutalmente sofocada y las ejecuciones se han sucedido, solo en 2025 se habla del asesinato institucionalizado de más de mil personas. Desde finales del año pasado, debido a las crisis económica, la falta de libertades y la carestía general de la vida, las manifestaciones se están sucediendo en el país; las autoridades iraníes, una vez más, han llevado a cabo una cruenta represión. La gente está reclamando cambios radicales y desde aquí mi más sincero apoyo para ello, que ojalá tome un rumbo al margen de toda clase dirigente. No es posible hablar solo, como realizan algunos, de un tibio «legítimo derecho a la protesta del pueblo iraní» para acto seguido criticar a otros regímenes. Hablando claro, el de Irán es un régimen ferozmente autoritario, el cual restringe libertades fundamentales como las de expresión, asociación o reunión; produce una discriminación y violencia sistemáticas sobre mujeres, niñas, personas de condición sexual diversas y también sobre minorías diversas. Aunque la comunidad internacional ha permanecido mucho tiempo en silencio, o ha sido muy tibia en sus protestas, organismos de defensa de los derechos humanoshan denunciado que infinidad de personas son detenidas arbitrariamente, torturadas y procesadas con penas crueles e inhumanas. En un mundo estúpidamente mediático, con intereses por parte de unos u otros, hay que dejar clara la repulsa a todo régimen autoritario y a la vulneración de los derechos humanos y las restricción de la libertad, en todos los aspectos, de las personas en cualquier lugar del mundo.

Y es que algunos, con la actualidad de las protestas y la sangrienta represión, ponen el foco interesadamente solo en Irán. Ya hemos mencionado a Estados Unidos, y a su aliado Israel, con intenciones bélicas que nada tienen que ver con el bienestar de las personas. Por mencionar un anécdota a la que no habría que prestar atención, si no fuera por su repercusión mediática y su aceptación por parte de un público tendente a la estulticia, ese esperpento inicuo que gobierna la Comunidad de Madrid, para defender lo indefendible, atacar el feminismo y desviar la atención de las miserias propias, ha mencionado el sufrimiento de las mujeres en el régimen iraní. Y es que la hipocresía de la clase dirigente y de los poderes económicos en Occidente no tiene fin. No veremos ni una crítica, por ejemplo, a Arabia Saudí, cuyo régimen es blanqueado al parecer por ciertos torneos deportivos como el que han perpetrado recientemente equipos de fútbol de este indescriptible Reino de España y siendo elegido el país sede de un futuro mundial de esa alienante actividad que tanto exalta a las masas. Silencio absoluto ante la también constante vulneración de los derechos humanos en la, no lo olvidemos, monarquía saudita de carácter absoluto, pero en ocasiones vendida como adalid de la modernidad en el mundo islámico. Incluso, como en Irán, aumento de ejecuciones, permanentes restricciones de los derechos civiles y políticos, reclusiones sin garantía judicial alguna, situaciones laborales cercanas al esclavismo y un trato abiertamente inhumano a los inmigrantes. De hecho, se teme que estas situaciones solo empeoren con la mencionada elección de Arabia Saudí como lugar para la celebración de un mundial de balompié, algo que ya sucedió hace no mucho con Qatar ante las protestas de solo unos pocos.

Y es que la situación en Qatar es terriblemente similar a lo relatado sobre el régimen saudí, al igual que en otros aliados de Occidente como los Emiratos Árabes Unidos. Por cierto, en esa región, en concreto en el emirato de Dubai, estableció su huida y refugio el llamado rey emérito de este inenarrable país, ese héroe de la Transición democrática llamado Juan Carlos de Borbón, después de haber robado todo lo que quiso y más. Una muestra más de la hipocresía e iniquidad del mundo occidental. Y qué podemos decir de otros regímenes autoritarios sobre los que no observaremos la más mínima crítica en nuestros repulsivos medios generalistas al guardar intereses, geoestratégicos y económicos, con el mundo occidental. Es el caso de Jordania, otro monarquía, esta supuestamente parlamentaria, pero tremendamente limitado a nivel democrático, donde se reprime notoriamente al pueblo y, como en otros Estados, existe una intolerable carestía económica y desigualdad, mientras unos pocos viven a cuerpo de rey (nunca mejor dicho). O de Turquía, cuyo Estado habría que señalar como abiertamente criminal persiguiendo a todo tipo de opositores, con la recurrente vulneración de libertades primordiales, y ejerciendo la violencia, como en Irán y en todos estos regímenes, contra mujeres y niñas. Y qué podemos relatar de Marruecos, ese aliado del muy progresista presidente de este sufrible Reino de España, cuya situación social, políticas y económica no mejora respecto a lo anteriormente expuesto y cuya represión de la protesta es igualmente cruenta tratando a seres humanos como piezas de un tablero en cuestiones de inmigración. Son solo unos ejemplos de infinidad de regímenes abominables, pero no me creas a mí si no quieres, al fin y al cabo un ácrata de corte nihilista, que trata de estar en cualquier caso siempre al lado de los oprimidos. Deja a un lado esas descerebradas simpatías, a diestra o siniestra, activa eso cada vez más ausente que es la conciencia moral y el pensamiento crítico e investiga para pensar y concluir por ti mismo.

 

Juan Cáspar

lunes, enero 26

Vuestros muertos

 


Veo en la pantalla

vuestras serias caras de fariseos

y siento ganas de vomitar

cuando guardáis silencio

por vuestros muertos

mientras dejáis

que los cuerpos de los niños

(que no son vuestros,

que no merecen vuestra palabra

ni vuestro silencio)

sean desgarrados por las bombas,

cada día,

allá lejos,

donde enviasteis vuestras banderas

a plantar semilllas de libertad;

eso decíais,

eso seguís diciendo.

Y no se os cae vuestra pétrea cara

de vergüenza

porque la tenéis cosida

con las venas

de los que matasteis.

Y la sangre ya no se va

de vuestras manos

por mucho que las lavéis:

puedo verla

manchando vuestros impolutos trajes

de santos demócratas.

Muchos sabemos ya

que estáis desnudos.

Pero seguís tapando con pueriles mentiras

la evidencia que os condena,

mientras consoláis a los que pierden

a sus hermanos, hijos y amados

en la pira que sólo vosotros encendisteis.

Aún veo la ceniza cubriendo vuestras caras,

manchando la pantalla,

rebosando como pus,

extendiéndose por el suelo de la sala,

llenando mi nariz

con el insoportable olor

de aquellos que murieron

por vuestras acciones y omisiones:

¡VUESTROS MUERTOS!


Manuel Casal Lodeiro

viernes, enero 23

«Un mundo gobernado por la fuerza». El ataque a Venezuela y los conflictos que se avecinan

 

El 3 de enero de 2026 nos despertamos con el bombardeo estadounidense sobre Caracas y el sibsiguiente secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores. Se trata de la detención más cara de la historia, para la cual se movilizaron 150 cazas, otros tanto helicópteros y 200 soldados de los Delta Force. Entre 80 y 100 venezolanos y cubanos fueron asesinados y la hasta entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando del país.

Pese a que la operación viola el Derecho Internacional de forma flagrante, Trump insiste en que está por encima de estas normas y que su único límite es su «moralidad» (de la cual sabemos que anda muy justito). Esto y el hecho de que no haya ocultado que detrás de esta operación está su voluntad de apoderarse del petróleo venezolano constatan que nos encontramos ante la «ley del más fuerte».

«Vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder», afirmó Stephen Miller en la CNN el 5 de enero de 2026, mientras exponía su programa fascista y justificaba la toma de Groenlandia por la fuerza. «Estas son las leyes de hierro que rigen el mundo desde el principio de los tiempos».

 

En la madrugada del 3 de enero, la Administración Trump llevó a cabo una incursión televisada en Venezuela, bombardeando al menos siete objetivos en Caracas y secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Esta operación culminaba una campaña de presión de un año de duración, durante la cual la administración calificó a los inmigrantes venezolanos en Estados Unidos como «narcoterroristas», intentó aplicar la Ley de Enemigos Extranjeros, bombardeó supuestos «barcos de drogas», confiscó petroleros y desplegó la Marina estadounidense para bloquear Venezuela.

El régimen de Trump acusó inicialmente a Maduro de dirigir el llamado «Cártel de los Soles», una invención tan ficticia como la designación de una supuesta organización denominada «Antifa» —es decir, la totalidad del movimiento antifascista— como organización terrorista. Aunque dos días después revisaron esta acusación para articular un caso legal algo menos endeble, este proceder es característico de su método: comenzar con una narrativa falsa y buscar después los medios para imponerla a la realidad.

Uno de los principales objetivos de Donald Trump era difundir una fotografía de Nicolás Maduro encadenado, evocando las imágenes que las agencias federales han publicado de personas secuestradas por el ICE. En lugar de ofrecer mejoras reales en las condiciones de vida de la población, Trump ofrece a sus seguidores la satisfacción vicaria de identificarse con carceleros y torturadores. Su objetivo es deshumanizar a sus adversarios y desensibilizar al conjunto de la sociedad ante la violencia que será necesaria para sostener su dominio y el propio capitalismo en una era de beneficios decrecientes.

 


Los grandes medios de comunicación corporativos están desempeñando su papel habitual de oposición leal: cuestionan la legalidad de la operación mientras demonizan a Maduro y ensalzan a su rival derechista, María Corina Machado. Para quienes aspiran a oponerse al imperialismo —anarquistas y otros movimientos— resulta imprescindible situar el ataque contra Venezuela en un contexto más amplio, reflexionar sobre qué forma podría adoptar una oposición eficaz e identificar cómo responder.

El manual

El Gobierno de Estados Unidos tiene una larga trayectoria de intervenciones imperialistas en América Latina, que abarca más de un siglo de operaciones contra Cuba, el sangriento golpe militar en Chile en 1973 o la invasión de Panamá ordenada por George Bush padre en 1989. El ataque contra Venezuela se inscribe en la continuidad de iniciativas más recientes: desde las invasiones de Afganistán e Irak bajo George W. Bush en 2002 y 2003, hasta el desmantelamiento, por parte de Joe Biden, del llamado «orden internacional basado en normas» para permitir que Benjamin Netanyahu lleve a cabo un genocidio en Palestina a partir de 2023.

Al mismo tiempo, el programa de la administración Trump supone una ruptura con las formas anteriores. Al apostar por la extracción de recursos mediante la fuerza bruta, sin siquiera la pretensión de una agenda ideológica alternativa, Trump se alinea con Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu en la inauguración de una era de rapiña abierta y desacomplejada.

Aunque los subordinados de Trump han invocado las elecciones amañadas celebradas en Venezuela en 2024 para justificar el ataque, no existe ninguna intención real de promover elecciones libres ni «democracia» en el país. Algunas fuentes sostienen que la oposición liderada por María Corina Machado cuenta con el apoyo de cerca del 80 % de la población venezolana, pero Trump afirma que no dispone del respaldo suficiente para gobernar; presumiblemente, se refiere a la falta de apoyo de las Fuerzas Armadas. Trump preferiría tratar con un régimen autocrático que le fuera directamente leal. Al fin y al cabo, tampoco desea rendir cuentas ante las urnas, ni en Venezuela ni en Estados Unidos.

Trump está recurriendo a la guerra para esquivar una crisis interna. Aunque él mismo y un sector del Partido Republicano llevan tiempo impulsando un cambio de régimen y un refuerzo de la presencia naval en el Caribe, este golpe se ha diseñado para copar la atención mediática y desviar el foco del deterioro de las encuestas y de una serie de reveses judiciales relacionados con sus intentos de desplegar la Guardia Nacional. Paralelamente, las pruebas de su implicación en la red de abusos sexuales y violaciones vinculada a Jeffrey Epstein están empezando a resquebrajar su base de apoyo.

A medida que los autócratas ven amenazado su control del poder, se vuelven más peligrosos e imprevisibles. Las maniobras de Netanyahu para mantenerse a flote frente a sus escándalos de corrupción —incluida su disposición a sacrificar rehenes para prolongar el genocidio— son ilustrativas. Cuando la crisis se cierne sobre ellos, estos gobernantes generan nuevas crisis para distraer a la población. Toda oposición eficaz debe esforzarse por mantener la atención sobre aquello que Trump intenta ocultar. Eso es, precisamente, lo que más teme.

Entendido como una operación mediática, el ataque contra Venezuela es un ataque contra todas nosotras: un intento de intimidar a cualquiera que pudiera resistirse al régimen de Trump, de hacernos aceptar que la violencia estatal seguirá intensificándose hagamos lo que hagamos, de convencernos de que no somos protagonistas de nuestro propio tiempo.

Como ya señalamos en 2025, Trump ha copiado buena parte de su estrategia de líderes autoritarios como Vladimir Putin. Cuando Putin fue nombrado primer ministro en agosto de 1999, sus índices de aprobación eran incluso más bajos que los de Trump hoy. Resolvió ese problema mediante la segunda guerra de Chechenia, que disparó su popularidad. Desde entonces, cada vez que su apoyo se ha desplomado, ha recurrido al mismo patrón: Georgia en 2008, Crimea y el Donbás en 2014, Ucrania en 2022, consolidando progresivamente el control de la sociedad rusa hasta poder enviar a cientos de miles de personas al matadero de la guerra.

Putin ha utilizado la guerra en Ucrania como instrumento de control interno, y en Rusia este control va mucho más allá de la represión de protestas. A medida que empeoran las condiciones económicas, necesita proyectar fuerza y brutalidad constantes, al tiempo que gestiona una población cada vez más inquieta y desesperada. Reclutar a jóvenes de familias empobrecidas del interior para enviarlos al frente sirve para mantenerlos ocupados; si decenas de miles no regresan, tanto mejor: no engrosarán las cifras del desempleo ni protagonizarán protestas. El servicio militar obligatorio también ha empujado al exilio a miles de personas que podrían haber encabezado una revuelta. Es una estrategia que veremos reproducirse en otros lugares a medida que se profundice la crisis global del capitalismo.

La diferencia fundamental es que, aunque Estados Unidos es mucho más poderoso que Rusia, el control de Trump sobre el poder es mucho más frágil que el de Putin. Además, tras las desastrosas ocupaciones de Afganistán e Irak, el electorado estadounidense es hoy mucho menos tolerante con operaciones que pongan en riesgo la vida de soldados estadounidenses.

Trump no es un estratega disciplinado ni coherente. Recurre sistemáticamente a la amenaza y la intimidación, explotando la cobardía y la debilidad de sus interlocutores. Confía en que esa intimidación baste para someter a los gobiernos latinoamericanos sin necesidad de nuevas intervenciones militares. Si fracasa, probablemente recurrirá a tecnología militar, mercenarios privados y otros mecanismos para ejercer la fuerza sin desplegar tropas en el terreno. Pero la guerra, una vez iniciada, impone su propia lógica. Si la administración Trump persiste en este camino, las fuerzas estadounidenses podrían verse arrastradas a un conflicto abierto.

Tras el ataque a Venezuela, Trump y su entorno han amenazado con actuar de forma similar contra México, Cuba, Colombia, Dinamarca y otros países. Sin duda lo harán si creen actuar desde una posición de fuerza; pero incluso si las cosas se tuercen, Trump puede intentar utilizar estas maniobras como cortina de humo para ocultar su debilidad.

El regreso del saqueo

El capitalismo nació al calor del saqueo colonial y, a medida que los márgenes de beneficio se reducen en la economía mundial, los gobiernos están retomando esa vieja estrategia de acumulación.

Esto explica tanto la apropiación territorial de Putin en Ucrania como el intento de Netanyahu de utilizar el genocidio como herramienta de gentrificación, o la última aventura de Trump en Venezuela.

En un documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional, publicado en noviembre de 2025, la administración Trump asumió explícitamente un «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe, cuyo objetivo es «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental» para «negar a competidores extrahemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio».

Trump ha bautizado esta estrategia como «Doctrina Donroe», proclamando que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Se trata, sin duda, del petróleo —Venezuela alberga alrededor del 17 % de las reservas mundiales—, pero también de una pugna geopolítica con China, principal inversor e importador del petróleo venezolano, que adquiere cerca del 80 % de sus exportaciones y ha concedido más de 60.000 millones de dólares en préstamos desde 2007. Esta orientación es anterior a Trump: la revitalización de la Doctrina Monroe, enfocada a competir con China y Rusia en el Sur Global, ya era un eje central de la Comisión 2024 sobre Estrategia de Seguridad Nacional creada bajo la administración Biden. Dicha comisión reclamaba explícitamente disputar a China y Rusia la influencia en América Latina en materia de explotación de recursos naturales y capacidades de proyección de poder. Trump representa el giro autoritario; la lógica económica y geopolítica ya estaba ahí.

En otras palabras, la brutalidad de Trump ofrece a la clase dominante una respuesta a un problema estructural del capitalismo contemporáneo: la evaporación de oportunidades rentables.

El plan de entregar la extracción de recursos venezolanos a empresas petroleras estadounidenses forma parte de una nueva fase de saqueo colonial, caracterizada por la apropiación directa de activos ajenos. Hay que entenderlo en el contexto del estancamiento económico y la financiarización. Históricamente, recuerda a periodos de «caos sistémico», cuando la caída de los beneficios empujó al capital hacia la especulación financiera y el sistema mundial solo logró recomponerse mediante una violencia masiva. El ejemplo más cercano es el periodo 1914-1945, que incluyó las dos guerras mundiales.

No se trata solo del petróleo, sino de reforzar las condiciones que permiten la especulación capitalista en general, y de anticipar una violencia de mayor escala. Estamos entrando en una fase de relaciones basadas en la fuerza desnuda, no en el «imperio de la ley» ni en la diplomacia. Este ataque, como la propia presidencia de Trump, es un síntoma, no la causa.

A diferencia del imperialismo populista del pasado, que redistribuía parte del botín para sostener el consenso interno, el ataque de Trump está diseñado para beneficiar a un grupo cada vez más reducido de capitalistas. La clase media y la clase trabajadora blanca han dejado de ser «socios menores» del proyecto colonial y tienen cada vez menos razones para identificarse con él.

La cuestión del liderazgo

En un primer momento, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez adoptó un tono desafiante, pero pronto dio un giro hacia una retórica más conciliadora. Esto ha alimentado especulaciones sobre una posible disposición a cooperar con el régimen de Trump, o incluso sobre negociaciones ya en marcha.

Existen múltiples escenarios posibles y resulta difícil discernir cuál es el real. Tal vez Estados Unidos haya colocado a Rodríguez ante una situación extrema que esté afrontando con valentía; tal vez existan acuerdos secretos; tal vez ocurra algo distinto. En cualquier caso, la vulnerabilidad del chavismo ante el secuestro de su líder —y la posibilidad de que sectores del gobierno venezolano se conviertan en cómplices del plan de Trump para apropiarse de los recursos del país— pone de manifiesto que toda jerarquía constituye un punto débil para los procesos de liberación.

La historia reciente ofrece ejemplos claros: antiguos gobiernos revolucionarios, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, acabaron integrándose forzosamente en el neoliberalismo y aplicando políticas de austeridad y control estatal. Ante estas derrotas, algunas corrientes concluyen que la única soberanía posible pasa por alinearse con Estados fuertes y armados nuclearmente, lo que sustenta el llamado «campismo».

Sin embargo, Rusia y China operan bajo la misma lógica autoritaria y capitalista que Estados Unidos, y quienes las apoyen no tendrán mayor capacidad de influir en sus decisiones. El resultado es la defensa impotente de autócratas genocidas. La alternativa real no es elegir un bando estatal, sino construir una resistencia internacional desde abajo, capaz de trascender fronteras.

Para que esa alternativa sea viable, la población estadounidense deberá desarrollar la capacidad de impedir que su propio gobierno bombardee y saquee otros países.

Qué esperar, cómo prepararse

El ataque contra Venezuela marca una escalada en una guerra indirecta con China. Reconducir la base industrial —incluida la industria tecnológica— hacia la industria bélica es una forma de afrontar el estancamiento económico, pero solo será viable si la administración Trump logra reavivar el «espíritu nacional» y el patriotismo. En este sentido, puede sostenerse que la prisa por asegurar la financiación y expandir la inteligencia artificial busca, en última instancia, moldear una población más dócil, crédula y fácil de controlar.

A corto plazo, cabe esperar que la administración Trump intente de nuevo recurrir a la Ley de Enemigos Extranjeros contra la población venezolana y otros colectivos. El intento anterior de Trump y Miller fue rechazado por los tribunales porque, en aquel momento, Estados Unidos no se encontraba formalmente en guerra. Ahora que han fabricado una guerra, la utilizarán para declarar nuevas emergencias y justificar una escalada represiva. También es previsible un aumento de la violencia racista contra personas latinoamericanas y chinas, así como represalias contra la política exterior estadounidense por parte de actores no estatales o intermediarios, que la administración Trump tratará de instrumentalizar para reforzar su agenda.

Las elecciones de mitad de mandato están previstas para noviembre de 2026. Trump y el Partido Republicano no parten como favoritos, pero el expresidente ha cruzado tantas líneas rojas que no puede permitirse ninguna amenaza a su poder. Ya sea mediante interferencias electorales, fraude o —más probablemente— la creación de crisis que legitimen un estado de excepción, todo apunta a que estas elecciones serán las menos «democráticas» de los últimos tiempos. Confiar únicamente en las urnas no bastará para salir de esta situación.

A medida que Trump se vea acorralado por crisis, escándalos y obstáculos crecientes, su comportamiento será cada vez más violento, errático y peligroso. Esto es una señal de debilidad, pero se trata de una debilidad respaldada por toda la potencia del aparato militar estadounidense. Debemos anticipar enfrentamientos militares de mayor envergadura antes de octubre de este mismo año, incluidos nuevos despliegues de la Guardia Nacional y, quizá, incluso la imposición de la ley marcial.

Las guerras impopulares y carentes de un mandato claro, especialmente aquellas que implican bajas estadounidenses u otros sacrificios internos, pueden precipitar la caída de un régimen. Nuestra tarea consiste en convertir esta guerra —junto con los demás errores de Trump y los conflictos que se avecinan— en una carga insoportable para toda la clase dominante. Hará falta una fuerza popular enorme para desalojar a Trump del poder, por lo que debemos impulsar propuestas igual de ambiciosas y no limitarnos a reclamar un regreso a un statu quo centrista que ya es profundamente impopular. Las personas revolucionarias deben prepararse para superar las maniobras centristas destinadas a estabilizar el Estado sin transformarlo. Aunque ahora pueda parecer difícil de imaginar, los levantamientos y las revoluciones se desarrollan con rapidez: a lo largo de 2024, las revoluciones protagonizadas por la llamada «Generación Z» derribaron regímenes en distintas partes del mundo.

En todo Estados Unidos se han repetido consignas como «No más sangre por petróleo». Sin embargo, Trump ha llegado a la conclusión de que su base social desea ambas cosas: petróleo y sangre. Los movimientos contra la guerra tienden a adoptar un enfoque conservador, centrado en presionar a las instituciones estatales; pero, como ya hicieron administraciones anteriores, el régimen de Trump ha dejado claro que no se siente condicionado por la oposición. En lugar de limitarse a protestas simbólicas y a la formulación de demandas, es necesario construir movimientos horizontales capaces de responder a las necesidades reales mediante la acción directa. Estos movimientos deben centrarse en las condiciones compartidas por la gente común, desde Caracas hasta Minneapolis: pobreza, austeridad, expolio de recursos básicos, control ejercido por mercenarios violentos y gobiernos de magnates que no rinden cuentas. En este sentido, la resistencia contra la Oficina de Inmigración y Aduanas en distintos puntos de Estados Unidos constituye un paso prometedor.

Si, como sugiere Stephen Miller, los gobiernos no representan ni los deseos ni la voluntad de quienes gobiernan; si —como ya debería resultar evidente— no actúan en defensa de nuestros intereses, sino únicamente para acaparar la mayor cantidad de riqueza posible, entonces nadie está moralmente obligado a obedecerlos. La única cuestión es cómo acumular la fuerza colectiva suficiente —el poder popular, el poder horizontal— para derrotarlos.

Apéndice: lecturas adicionales

Como punto de partida, se recomienda consultar «Denunciamos la ofensiva imperialista contra Venezuela», una declaración internacional de organizaciones anarquistas latinoamericanas publicada en diciembre de 2025.

Para profundizar en la situación venezolana, las personas lectoras hispanohablantes pueden acudir al archivo de la ya desaparecida publicación anarquista venezolana El Libertario. Allí se encuentran, entre otros materiales, una evaluación crítica de las organizaciones sociales bolivarianas de 2006 y una recopilación de textos sobre el papel de la industria petrolera en la represión de los movimientos populares de base y su integración en la economía global. Por ejemplo:

«Venezuela forma parte de un proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región, que han desmovilizado a los movimientos sociales surgidos en respuesta a las políticas de ajuste estructural de la década de 1990, relegitimando tanto al Estado como a la democracia representativa para cumplir con las cuotas de exportación de recursos naturales hacia los principales mercados mundiales» — Ley Habilitante: dictadura para el capital energético, en El Libertario, nº 62, marzo-abril de 2011.

Desde esta perspectiva, el ataque de Trump contra Venezuela puede entenderse como una continuación contemporánea de ese mismo «proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región».

 

 https://www.todoporhacer.org

martes, enero 20

Groenlandia: colocarse de parte de los inuit

 

 

Es 16 de junio de 1951. El explorador francés Jean Malaurie avanza en trineos tirados por perros por la costa noroeste de Groenlandia. Había llegado solo, de forma impulsiva, con unos escasos ahorros del CNRS, oficialmente para trabajar en los paisajes periglaciales. En realidad, este encuentro con pueblos cuya relación con el mundo era de otra naturaleza forjaría un destino singular.

Ese día, tras largos meses de aislamiento entre los inuit, en el momento crítico del deshielo, Malaurie avanza con algunos cazadores. Está agotado, sucio, demacrado. Uno de los inuit le toca el hombro: “Takou, mira”. Una espesa nube amarilla se eleva hacia el cielo. A través del catalejo, Malaurie cree al principio que se trata de un espejismo: “una ciudad de hangares y tiendas de campaña, de chapas y aluminio, deslumbrante bajo el sol entre el humo y el polvo […] Hace tres meses, el valle estaba tranquilo y desierto. Había plantado mi tienda, un día claro del verano pasado, en una tundra virgen y llena de flores”.

El aliento de esta nueva ciudad, escribirá, “no nos abandonará jamás”. Las excavadoras tentaculares raspan la tierra, los camiones vomitan los escombros al mar, los aviones dan vueltas. Malaurie es proyectado de la edad de piedra a la era atómica. Acaba de descubrir la base secreta estadounidense de Thule, cuyo nombre en clave es Operación Blue Jay, uno de los proyectos de construcción militar más ambiciosos y rápidos de la historia de los Estados Unidos.

 Tras este nombre anodino se esconde una logística faraónica. Estados Unidos teme un ataque nuclear soviético por la ruta polar. En un solo verano, unos 120 barcos y 12.000 hombres se han movilizado en una bahía que hasta entonces solo había conocido el silencioso deslizamiento de los kayaks. Groenlandia contaba entonces con unos 23.000 habitantes. En 104 días, sobre un suelo permanentemente helado, surge una ciudad tecnológica capaz de albergar los gigantescos bombarderos B-36, portadores de ojivas nucleares.

A más de 1200 kilómetros al norte del círculo polar ártico, en un secreto casi total, Estados Unidos acaba de levantar una de las bases militares más grandes jamás construidas fuera de su territorio continental. En la primavera de 1951 se había firmado un acuerdo de defensa con Dinamarca, pero la base de Thule ya estaba en marcha: la decisión estadounidense se había tomado en 1950.

La anexión del universo inuit

Malaurie comprende inmediatamente que la desmesura de la operación supone, de hecho, una anexión del universo inuit. Un mundo basado en la velocidad, la máquina y la acumulación acaba de penetrar de forma brutal y ciega en un espacio regido por la tradición, el ciclo, la caza y la espera.

El arrendajo azul (“Blue Jay” en inglés) es un pájaro ruidoso, agresivo y extremadamente territorial. La base de Thule se encuentra a medio camino entre Washington y Moscú por la ruta polar. En la era de los misiles hipersónicos intercontinentales, ayer soviéticos, hoy rusos, es esta misma geografía la que sigue sustentando el argumento de la “necesidad imperiosa” invocado por Donald Trump en su deseo de anexionar Groenlandia.

El resultado inmediato más trágico de la Operación Blue Jay no fue militar, sino humano. En 1953, para asegurar el perímetro de la base y sus radares, las autoridades decidieron trasladar a toda la población inughuit local a Qaanaaq, a unos cien kilómetros más al norte. El traslado fue rápido, forzado y sin consulta, rompiendo el vínculo orgánico entre este pueblo y sus territorios ancestrales de caza. Un “pueblo raíz” desarraigado para dar paso a una pista de aterrizaje.

Es en este momento de cambio radical donde Malaurie sitúa el colapso de las sociedades tradicionales inuit, en las que la caza no es una técnica de supervivencia, sino un principio organizador del mundo social. El universo inuit es una economía del sentido, hecha de relaciones, gestos y transmisiones, que dan a cada uno reconocimiento, papel y lugar. Esta coherencia íntima, que constituye la fuerza de estas sociedades, también las hace extremadamente vulnerables cuando un sistema externo destruye repentinamente sus fundamentos territoriales y simbólicos.

 Consecuencias del colapso de las estructuras tradicionales

Hoy en día, la sociedad groenlandesa está ampliamente urbanizada. Más de un tercio de los 56.500 habitantes vive en Nuuk, la capital, y casi toda la población reside ahora en ciudades y localidades costeras sedentarizadas. El hábitat refleja esta transición brutal.

En las grandes ciudades, una parte importante de la población ocupa edificios colectivos de hormigón, muchos de ellos construidos en los años sesenta y setenta, a menudo vetustos y superpoblados. La economía se basa en gran medida en la pesca industrial orientada a la exportación. La caza y la pesca de subsistencia persisten. Las armas modernas, los GPS, las motos de nieve y las conexiones por satélite acompañan ahora a las antiguas costumbres. La caza sigue siendo un referente identitario, pero ya no estructura la economía ni la transmisión.

Las consecuencias humanas de esta ruptura son enormes. Groenlandia presenta hoy en día una de las tasas de suicidio más altas del mundo, especialmente entre los jóvenes inuit. Los indicadores sociales contemporáneos de Groenlandia –tasa de suicidio, alcoholismo, violencia intrafamiliar– están ampliamente documentados. Numerosos trabajos los relacionan con la rapidez de las transformaciones sociales, la sedentarización y la ruptura de las transmisiones tradicionales.


Volvamos a Thule. El inmenso proyecto secreto iniciado a principios de la década de 1950 no tiene nada de provisional. Radares, pistas, torres de radio, hospital: Thule se convierte en una ciudad totalmente estratégica. Para Malaurie, el hombre del arpón está condenado. No por una falta moral, sino por una colisión de sistemas. Advierte contra una europeización que no sería más que una civilización de chapa esmaltada, materialmente cómoda, pero humanamente empobrecida.

El peligro no reside en la irrupción de la modernidad, sino en la llegada, sin transición, de una modernidad sin interioridad, que opera en tierras habitadas como si fueran vírgenes, repitiendo, cinco siglos después, la historia colonial de América.

Espacios y contaminaciones radiactivas

El 21 de enero de 1968, esta lógica alcanza un punto de no retorno. Un bombardero B-52G de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, comprometido en una misión permanente de alerta nuclear del dispositivo Chrome Dome, se estrella en el hielo marino a unos diez kilómetros de Thule. Transportaba cuatro bombas termonucleares. Los explosivos convencionales de las bombas nucleares, destinados a iniciar la reacción, detonaron con el impacto. No se produjo una explosión nuclear, pero la deflagración dispersó plutonio, uranio, americio y tritio por una amplia zona.

En los días siguientes, Washington y Copenhague lanzan el Proyecto Crested Ice, una vasta operación de recuperación y descontaminación antes del deshielo primaveral. Se movilizan unos 1.500 trabajadores daneses para raspar el hielo y recoger la nieve contaminada. Varias décadas más tarde muchos de ellos iniciarán procedimientos judiciales, alegando que trabajaron sin la información ni la protección adecuadas. Estos litigios se prolongarán hasta 2018-2019, dando lugar a indemnizaciones políticas limitadas, sin reconocimiento jurídico de responsabilidad. Nunca se llevará a cabo una investigación epidemiológica exhaustiva entre las poblaciones inuit locales.

Hoy rebautizada como Pituffik Space Base, la antigua base de Thule es uno de los principales nodos estratégicos del dispositivo militar estadounidense. Integrada en la Fuerza Espacial de los Estados Unidos, desempeña un papel central en la alerta antimisiles y la vigilancia espacial en el Ártico, bajo un régimen de máxima seguridad. No es un vestigio de la Guerra Fría, sino un eje activo de la geopolítica contemporánea.

En Los esquimales del Polo: los últimos reyes de Thule, Malaurie muestra que los pueblos indígenas nunca tienen cabida en las consideraciones estratégicas occidentales. Ante las grandes maniobras del mundo, la existencia de los inuit se vuelve tan periférica como la de las focas o las mariposas.

Las declaraciones de Donald Trump no dan lugar a un mundo nuevo. Su objetivo es generalizar en Groenlandia un sistema que lleva setenta y cinco años en vigor. Pero la postura de un hombre no nos exime de nuestras responsabilidades colectivas. Escuchar hoy que Groenlandia “pertenece” a Dinamarca y depende de la OTAN, sin siquiera mencionar a los inuit, equivale a repetir un viejo gesto colonial: concebir los territorios borrando a quienes los habitan.

Los inuit siguen siendo invisibles e inaudibles. Nuestras sociedades siguen representándose a sí mismas como adultos frente a poblaciones indígenas infantilizadas. Sus conocimientos, sus valores y sus costumbres quedan relegados a variables secundarias. La diferencia no entra en las categorías a partir de las cuales nuestras sociedades saben actuar.

Siguiendo a Jean Malaurie, mis investigaciones abordan lo humano desde sus márgenes. Ya se trate de sociedades de cazadores-recolectores o de lo que queda de los neandertales, cuando los despojamos de nuestras proyecciones, el Otro sigue siendo el ángulo muerto de nuestra mirada. No sabemos ver cómo se derrumban mundos enteros cuando la diferencia deja de ser pensable.

Malaurie concluía su primer capítulo sobre Thulé con estas palabras: “No se habrá previsto nada para imaginar el futuro con altura”.

Por encima de todo, hay que temer no la desaparición brutal de un pueblo, sino su relegación silenciosa y radical a un mundo que habla de él sin mirarlo ni escucharlo nunca.

 

Nota de los editores de Redes Libertarias:

En relación al accidente del bombardero nuclear B-52G de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, puedes ver en algunas plataformas la película danesa El idealista (Idealisten, 2015):

“(…)El idealista es un thriller político danés, dirigido por Christina Rosendahl, sobre un periodista y su determinación de revelar una verdad oculta por las más altas esferas de poder en Dinamarca. En esta apasionante historia, Poul Brink, un reportero de una radio local, descubre que muchos de los trabajadores daneses que fueron enviados a Groenlandia como parte de la operación de limpieza ‘Proyecto cresta de hielo’, desarrollaron una variedad de enfermedades de piel, incluyendo cáncer.

Recordando películas famosas de periodismo de investigación como Todos los hombres del presidente o Spotlight, nominada al Oscar en 2016, El idealista es un filme basado en hechos reales. Yendo al corazón de conspiración de encubrimiento internacional tan grande que involucró a dos naciones en ambos lados del Atlántico (Dinamarca y Estados Unidos), el filme revela el descubrimiento de las consecuencias después de un desastre nuclear que se produjo durante la Guerra Fría en un país que se suponía era territorio libre de armas nucleares (…)”.

 

 Ludovic Slimak – The Conversation

 

sábado, enero 17

Huelga de hambre de solidarias con Palestina encerradas en prisiones británicas

 

El pasado 3 de julio de 2025, el Gobierno laborista británico, con el apoyo de liberales y conservadores, aprobó una ley por la cual declaró a Palestine Action una organización terrorista con 385 votos a favor y tan solo 26 en contra.

Palestine Action, fundado en 2020, es un colectivo que llevaba cinco años organizando protestas pacíficas de diversa índole, como sentadas y bloqueos delante de las oficinas de Elbit Systems (empresa armamentísica israelí)1, pintadas en las sedes de las manufactureras de armas UAV Tactical Systems (franco-israelí) y Leonardo (italiana), la vandalización de un retrato de Arthur Balfour en Trinity College y el robo de dos bustos de Chaim Weizmann de la Universidad de Manchester. Su acción más grande, que es la que le ha granjeado el calificativo de «terrorista», fue la invasión de la base militar aérea RAF Brize Norton y el sabotaje a dos aviones Airbus Voyager con pintura y palos, el pasado mes de junio.


Desde la ilegalización del colectivo, más de 2.500 personas han sido detenidas en distintas manifestaciones por portar pancartas con la leyenda «Apoyo a Acción Palestina». El día más destacado fue el 6 de septiembre, cuando 890 personas (de un total de 1.400 manifestantes) fueron detenidas en una concentración en el centro de Londres (857 de ellas acusadas de enaltecimiento del terrorismo por portar pancartas de apoyo a la organización y 33 por delitos contra el orden público), lo cual supone el mayor caso de detenciones masivas en la historia del Reino Unido. La concentración fue convocada por la organización Defend Our Juries, bajo el lema “Me opongo al genocidio. Apoyo a Acción Palestina”.

Las detenidas lo fueron con base en la sección 12 de la Ley de Terrorismo inglesa, y afrontan posibles procesos con condenas que llegarían hasta los catorce años de prisión. Esta brutal respuesta afecta a las protestas contra el genocidio en Palestina pero también al propio derecho a la protesta. No solo por los registros, propuestas de sanción, multas, detenciones e incluso encarcelamiento, sino por el llamado “efecto paralizante” (chilling efect) y la represalias que pueden acarrear también en empresas y centros de trabajo la participación en manifestaciones de cualquier tipo.

Huelga de hambre por la libertad

Actualmente, hay 33 presas encarcelados en Gran Bretaña por supuestas acciones en solidaridad con Palestina relacionadas con este colectivo. Muchas de ellas pertenecen a los 24 de Filton [Filton 24], detenidas por una acción contra un centro de investigación de Elbit Systems en agosto y a los Brize Norton 5 (quienes realizaron la acción de pintar dos aviones en la base aérea mencionada previamente)2.

 Se encuentran en prisión preventiva, sin juicio, sin fianza y algunos pueden esperar hasta dos años para ser juzgadas. Además, denuncian que han sido objeto de un trato degradante y arbitrario, que incluye la retención de su correo, libros y propiedades, órdenes de no asociación, exclusión de programas de empleo y educación, un régimen arbitrario de aislamiento y la retirada de sus keffiyehs.

En el momento en el que escribimos estas líneas, 8 de las 33 presas se encuentran en huelga de hambre, la mayoría desde el 2 de noviembre. Sus demandas pasan por el fin de toda censura, la libertad inmediata bajo fianza, el derecho a un juicio justo sin interferencias extranjeras y políticas, la desclasificación de Palestine Action como organización terrorista y el cierre de Elbit Systems.

Las huelguistas comenzaron la acción el mismo día en que el gobierno británico emitió la Declaración Balfour en 1917, allanando el camino para el establecimiento de un Estado colonialista y sionista. Comenzaron Amu Gib y Qesser Zuhrah, Heba Muraisi se unió un día después y les siguieron Jon Cink, T Hoxha y Kamran Ahmed. Eel último en unirse a la huelga de hambre es Muhammad Umer Khalid, hace pocos días. Lewie Chiaramello también se unió el 23 de noviembre, realizando una huelga de hambre parcial, cada tercer día, ya que es diabético. Se trata de la mayor huelga de hambre coordinada en las Islas Británicas desde las huelgas de hambre de 1981 de los presos políticos irlandeses lideradas por Bobby Sands durante el conflicto, y que provocaron la muerte de 10 jóvenes3.

Solidaridad internacional

En solidaridad, presos de todo el mundo se han unido a los huelguistas de hambre durante periodos más cortos. Dimitris Chatzivasileiadis se unió desde Grecia, Massimo Passamani y Luca Dolce desde Italia4 y Jakhi McCray en Estados Unidos. Los presos Casey Goonan y Malik Muhammad, en Estados Unidos, también se unieron a una huelga de hambre, aparte, en solidaridad con Teuta Hoxha y los 24 de Filton, cuyo juicio comenzó en noviembre y durará 8 semanas.

Mientras tanto, Israel ha encarcelado a casi 9.100 palestinos como presos políticos, muchos de los cuales también se encuentran en huelga de hambre. Siguen saliendo a la luz detalles sobre los abusos que sufren, incluidos abusos sexuales, psicológicos y físicos, así como inanición forzada. Muchos cadáveres son devueltos a Gaza con signos de tortura, mutilación y ejecución.

Las consecuencias de la huelga

El cuerpo tiene un límite en lo que puede aguantar. A medida que el hambre se instala, comienzan a agotar sus reservas, primero la grasa, luego los músculos y, finalmente, los órganos vitales comienzan a fallar. Tres de los ocho huelguistas de hambre, Qesser, Teuta y Kamran, ya han sido hospitalizados debido al deterioro de su salud. Amu Gib ha perdido 10 kg. Más de cien profesionales médicos han firmado una declaración en la que exigen que se tomen medidas para evitar que las y los huelguistas sufran más daños. Pasado un mes, existe una grave preocupación de que los huelguistas sufran daños irreversibles.

Hace unos días, el médico de urgencias y profesor del University College de Londres, Dr. James Smith, afirmó que el estado de los detenidos se ha deteriorado drásticamente y declaró a periodistas que “los huelguistas de hambre se están muriendo”. Smith dijo que los relatos desde el interior del sistema penitenciario apuntan a “un seguimiento y tratamiento deficientes. […] En mi opinión, como médico del NHS, la complejidad de las necesidades de atención de los huelguistas de hambre ahora debe gestionarse con la participación regular de especialistas, o incluso con un seguimiento continuo en el hospital”, dijo.

Por otro lado, más de 200 miembros de la Asociación Médica Británica expresaron su preocupación unos días antes y 900 profesionales de la salud han escrito al viceprimer ministro y secretario de Justicia, David Lammy, al secretario de Salud, Wes Streeting, a altos funcionarios del NHS y a las autoridades penitenciarias exigiendo medidas urgentes.

Shahmina Alam, hermana de Kamran Ahmed (28 años), declaró que “Ahmed está cursando el día 39 de su huelga de hambre. Ha tenido dos internaciones desde que inició su huelga de hambre, y fue dado de alta apenas la semana pasada. Si bien lograron estabilizar sus cetonas, los niveles de estas han vuelto a subir considerablemente. Pero lo más preocupante es que su corazón se está debilitando y su pulso se está desacelerando, además de que, en este momento, Ahmed está perdiendo medio kilo por día”.

Pese a todo esto, hasta ahora el Gobierno británico y los medios de comunicación (salvo honrosas excepciones) han ignorado por completo las huelgas de hambre, evitando que se introduzca en la agenda pública. El objetivo de las activistas ahora es romper ese muro de silencio, algo que han intentado por ejemplo bandas como Kneecap, The Pogues y otros 200 artistas irlandeses y británicos, que han publicado una carta al Gobierno solicitando que se acceda a las demandas de las huelguistas.


Como siempre, la solidaridad internacional, la denuncia y la organización de la clase trabajadora siguen siendo la única garantía de que estos casos no queden en la impunidad ni en el olvido.

Este artículo ha sido escrito partiendo de piezas extraídas deBriega, Democracy Now, Naiz, Todo por Hacer, Prisoners for Palestine, Resumen Latinoamericano, Spanish Utopia, Izquierda Diario, Insurgente, Filton Actionists y TeleSur.

___________________________________

1 Elbit Systems suministra al Ejército israelí el 85 % de su equipamiento terrestre y el 85 % de sus drones. Activistas propalestinas denuncian que sus drones se han utilizado en Gaza para reproducir sonidos de niños llorando y gritando, con el fin de atraer a la gente y luego dispararles.

2 Desde Brize Norton parten regularmente aviones con destino a la base aérea de Akrotiri, en Chipre, desde donde se dirigen las operaciones británicas en Oriente Medio, incluidos vuelos de espionaje sobre Gaza.

3 Bobby Sands murió el 5 de mayo 1981, después de 66 días en huelga de hambre. El informe original establecía que la causa de la muerte había sido «inanición auto impuesta«, aunque fue enmendado posteriormente tras las protestas de los familiares, estableciéndose simplemente como «inanición«. Sands fue miembro del Parlamento de Westminster durante veinticinco días, aunque nunca ocupó su escaño ni juró su cargo. Entre sus escritos, encontramos una de sus frases más célebres y que ha sido difundida en infinidad de murales por las calles de Belfast oeste principalmente: «Nuestra venganza será la sonrisa de nuestros hijos«. Se estima que más de 100.000 personas asistieron al funeral de Sands, el mayor funeral republicano desde el del alcalde de Cork del Sinn Féin, Terence MacSwiney, que murió en la cárcel de Brixton el 25 de octubre de 1920 después de otra huelga de hambre de 74 días. Después de Sands, otros nueve presos republicanos murieron en la huelga de hambre –Francis Hughes, Raymond McCreesh, Patsy O’Hara, Joe McDonnell, Martin Hurson, Kevin Lynch, Kieran Doherty, Thomas McElwee y Michael Devine–. La huelga finalizó el 3 de octubre de 1981.

4 Desde Italia, el anarquista Luca Dolce hizo una declaración que rompe con la línea dominante de que las huelgas de hambre son simplemente protestas sobre las condiciones de los presos: “La lucha contra la prisión y el sistema militar tecnoindustrial es esencial para una lucha de mayor alcance, de resistencia revolucionaria e internacionalista… Estoy a su lado con serenidad y resolución”. Dolce también saluda al prisionero palestino Anan Yaeesh en la prisión de Melfi, en el sur de Italia, otro objetivo de las tácticas de aislamiento y traslado destinadas a borrar a los presos políticos. Según Dolce, no está claro si Yaeesh continúa en huelga.

 

https://www.todoporhacer.org 

 

 

miércoles, enero 14

La lucha por la «libertad» de Estados Unidos


Resulta lamentable ver cómo personas salen a la calle alborozadas, envueltas en su bandera, celebrando que hayan bombardeado su país. Ello, por mucha dictadura que exista en el mismo, y vamos a dar por hecho que en Venezuela el chavismo, supuesta revolución socialista, fracasada en cualquier caso, ha tenido una intolerable deriva autoritaria que cierta izquierda se ha negado a reconocer. Desgraciadamente, esta polarización descerebrada, que tantos fomentan a diestra y siniestra, es lo que conduce a que muchos supuestos sapiens, por algún extraño mecanismo mental, sean incapaces de condenar el autoritarismo venga de donde venga y luchar, al menos, por las libertades más elementales. Así, observar las iniquidades imperialistas de Estados Unidos, considerarlo el mal absoluto, conduce inexplicablemente a algunos a alinearse, de forma directa o indirecta, con regímenes como el de Rusia, o incluso China, mientras que se mira hacia otro lado ante la situación, por ejemplo, de la dictadura cubana, cuyo fracaso político, moral y económico no es solo culpa del bloqueo estadounidense. La lúcida condición ácrata, aderezada con algunos toques nihilistas, es lo que tiene, que te hace ponerte de lado de las víctimas de la opresión política en cualquier lugar del mundo, al mismo tiempo que se denuncia con fuerza, tanto esa práctica revolucionaria autoritaria que no ha llevado a ninguna parte, como la explotación característica de este sistema económico globalizado que padecemos. Al parecer, no es posible exigir lo mismo a todo el mundo. Aceptado que el autoritarismo, suavizado por una retórica opuesta al imperalismo yanki, que inexplicablemente se mantiene hasta nuestros días, es siempre denunciable y no supone una alternativa socialmente transformadora hacia algo más justo, vamos a poner el foco en ese adalid del mundo libre que son los Estados Unidos de América.

Y es que, parece increíble que en la perversa sociedad mediática actual, con tanta información falsa fluyendo, y tanta ausencia de reflexión crítica, se siga promoviendo que la potencia estadounidense, que siempre ha defendido sus propios intereses, lleva también la libertad y la democracia fuera de sus fronteras. Incluso, este discurso para consumo de gente con el cerebro poco oxigenado se realiza con un esperpento autoritario con Trump al frente. Claro que, para otros, parece que los males son han llegado con el actual presidente y es necesario que haya otros dirigentes, para lo cual habría que comprobar lo que hicieron tipos como Clinton, Obama o Biden. En fin. Hagamos un repaso de eso tan necesario que es la memoria histórica y comprobemos si los Estados Unidos ha combatido de verdad toda forma de dictadura. Claro, contengamos la risa (o bien la lágrima). Hay que remontarse al siglo XIX cuando, al parecer, los Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir en el resto de América y surge a finales del siglo su condición de potencia imperial. Esta situación se consolida bajo el llamado Destino Manifiesto (que, para el que no lo sepa, es el derecho divino a expandirse donde le venga en gana después de haber aplastado a las culturas nativas), la Doctrina Monroe en el primer tercio de siglo (donde los Estados Unidos, antes de convertirse en una potencia militar, se protege de cualquier injerencia extranjera) y el Corolario Roosevelt ya a principios del siglo XX (donde se da la vuelta a la anterior y se establece el derecho, precisamente, a intervenir en los países latinoamericanos cuando lo considere necesario). Con la llegada del comunismo y la Guerra Fría, será la excusa perfecta para afianzar una intención plenamente intervencionista.

El discurso llega todavía hasta nuestros días, aunque el enemigo haya tomado otras formas, la lucha contra el dictatorial comunismo justificó ver a los Estados Unidos como portadora de la democracia más allá de sus fronteras. Claro, hace más de tres décadas que cayó el bloque soviético y la praxis comunista, si es que alguna vez ha existido, solo es residual en la actualidad. Pero, veamos algunos ejemplos para comprobar si la potencia nortamericana ha llevado de verdad las libertades democráticas a otros países y ha defendido los derechos humanos. En 1951, en Guatemala se produjeron las primeras elecciones con sufragio universal ganando el izquierdista Jacob Arbenz, el cual puso el foco en la estadounidense United Fruit Company, propietario de casi el 40% de las tierras del país; claro, se acusó al nuevo presidente de connivencia con la Unión Soviética y Estados Unidos llevó a cabo un Golpe de Estado para poner una Junta Militar y promover otro gobierno que no perjudicara sus intereses. Otra intervención militar estadounidense paradigmática fue la de República Dominicana en 1965 después de que el socialdemócrata Juan Bosch ganara unas elecciones, tras una dictadura (con la que, al parecer, Estados Unidos había sido muy ambiguo), y con una consecuente guerra civil; por supuesto, la excusa fue que con Bosch, finalmente derrocado por un golpe de Estado, se expandiera el comunismo tras la Cuba de Fidel Castro. Panamá es otro país con una larga historia de intervenciones estadounidenses con el colofón en 1989 del derrocamiento del dictador Noriega (que, ojo, antes había sido aliado); para mucho, con buen criterio, el ejemplo de Panamá es una muestra del doble juego de los Estados Unidos, apoyando dictaduras o democracia en función de sus intereses.

Otros ejemplos conocidos de oposición de Estados Unidos a gobierno democráticos de izquierda, apoyando finalmente golpes de Estado, son muy conocidos (aunque no lo parezca en la desmemoria y descerabramiento actual); es el caso de Chile, tras ser elegido Salvador Allende presidente, con una cruel dictadura de 17 años, inicio de la llamado Operación Cóndor, que supuso la represión política llevada a cabo por dictaduras latinoamericanas (Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay) con el apoyo, dejémoslo claro, de Estados Unidos. Los ejemplos son muchos, citados solo en Latinoamérica, pero tenemos otras invasiones militares estadounidenses recientes (ya sin comunismo) y muy conocidas, como las de Libia, Afganistán o Irak, con supuestos combates contra dictaduras y consecuencias desastrosas. No es posible asumir bajo ningún concepto, como parece seguir promoviéndose de manera tan infantil, que los Estados Unidos, gobierne quien gobierne, haya representado nunca la defensa de libertad alguna. Quizá la actual administración Trump, con su inefable e inicuo presidente, debiera servir para cuestionar si alguna vez ha existido derecho internacional alguno y se han respetado las soberanías nacionales o, este es otro debate, si las mismas han servido para justificar también regímenes dictatoriales en tantos países. Y no me coloco, de manera ciega, los anteojos anarquistas (aunque sean siempre necesarios en la crítica) para simplemente oponerme a toda forma de opresión estatal; en otras palabras, aunque no defiendo sin más la democracia representativa, una máscara amable de justificar nuevas formas de opresión, sí de manera innegociable las libertades fundamentales que, al menos sobre el papel, debería ser el punto de partida de un sistema aceptablemente liberal, que precisamente posibilite luchar por formas sociales y políticas más justas. Pero, esa no ha sido nunca la intención de Estados Unidos, en Venezuela ahora o en cualquier lugar del mundo, si eso perjudica sus intereses económicos y geoestratégicos. Dentro de un mundo, no sé si con una deriva ahora autoritaria o ha existido siempre, que se están repartiendo Estados Unidos y China, con Rusia y la India al acecho, no desfallezcamos moral e intelectualmente para resistir ante toda forma de opresión y mostrarnos siempre solidarios con los oprimidos. Palabra de ácrata con algún que otro tic nihilista.

 

Juan Cáspar

 

domingo, enero 11

La vida que empieza cuando ya es tarde

 

El 1 de enero es el día en que más gente decide tomarse en serio una vida que no es la suya.

Se empieza de nuevo, se dice. Se organizan propósitos, se corrigen defectos, se afinan hábitos. Todo parece limpio, disponible, racional. Como si la existencia fuera un proyecto mal ejecutado que aún admite ajustes. Como si vivir consistiera en aplicar mejor unas instrucciones que siempre han estado ahí.

Aprendemos pronto a vivir como quien aprende a usar un aparato que no entiende, pero que no debe estropear. Paso a paso. Con objetivos claros, indicadores de éxito y protocolos para casi todo. Estudiar, producir, adaptarse, no desviarse demasiado, corregirse a tiempo. No fallar. Y si se falla, responsabilizarse. La vida entendida como un sistema que, bien gestionado, debería funcionar.

Así se fabrica al hombre obediente. No necesita coerción externa: se gobierna solo. Interioriza las normas, vigila sus emociones, convierte cualquier malestar en un problema técnico.

No protesta: se ajusta.

No se rebela: se optimiza.

No vive: funciona.

Y vive convencido de que si algo va mal, el error es suyo.

Ese es el retrato-robot del hombre contemporáneo.

Alguien lo entendió hace más de un siglo, cuando un hombre correcto, irreprochable, descubrió demasiado tarde que su vida había sido obediente, pero no verdadera. Carrera respetable. Matrimonio adecuado. Ascenso social. Ninguna extravagancia. Ninguna desobediencia. Todo en él es ejemplar. Y sin embargo, cuando la enfermedad irrumpe y la muerte deja de ser una idea abstracta, comprende algo devastador: su vida, siendo correcta, ha sido falsa.

Iván Ilich, en la obra de Tólstoi, no fracasa. Cumple. Y precisamente por eso su derrumbe es absoluto.

Lo que lo destruye no es el dolor físico, sino la revelación de haber vivido según instrucciones ajenas. Haber confundido vivir con funcionar. Haber obedecido tanto que ya no sabe quién es cuando el sistema deja de responder. Cuando el cuerpo falla, cuando el tiempo se agota, cuando ya no hay manual.

Busca entonces respuestas técnicas, diagnósticos, explicaciones racionales. Como hacemos hoy. Pero lo que encuentra es un silencio brutal: nadie quiere mirar de frente su final, porque hacerlo sería admitir que el relato no sirve. Que no hay instrucciones para el dolor real. Que no existe protocolo para morir con verdad.

Ahí aparece el horror.

Porque ese mismo esquema sigue operando ahora: todo debe tener sentido, salida, utilidad. El sufrimiento que no mejora es un fallo. La tristeza que no se gestiona es un defecto. El duelo largo incomoda porque no produce nada, porque no se capitaliza. Hemos convertido la obediencia en virtud y la adaptación en moral.

Así fabricamos vidas impecables por fuera y huecas por dentro. Biografías que avanzan sin preguntarse para qué. Personas que pasan años intentando encajar, no incomodar, cumplir expectativas que en realidad no importaban a nadie. La vida, que podría haber sido un experimento irrepetible, acaba convertida en un trámite bien ejecutado.

Y cuando la muerte llega —porque siempre llega— pasamos a formar parte de un extenso elenco de anónimos: hombres y mujeres que no vivieron su vida, sino que se adaptaron, obedecieron y cumplieron.

Lo más inquietante no es que esas vidas fracasen.

Es que muchas no fracasan nunca. Funcionan. Avanzan. Son ejemplares.

Hasta que un día —como le ocurre a Iván Ilich— el mecanismo se detiene y revela la verdad intolerable: que se puede haber vivido correctamente y, aun así, no haber vivido.

Quizá el verdadero fracaso no consista en caer, sino en descubrir —cuando ya no hay tiempo— que nadie estaba esperando nada.

 

jueves, enero 8

Lecciones de jardinería

 

 

nos estáis echando tanta mierda encima
que estáis abonando nuestro odio

 

                                                                         José Pastor González


lunes, enero 5

NACIONAL II: La ruta del exilio

 

 

¿Qué tienen en común una joven republicana de 1939 y una joven palestina de 2025? La guerra y la huida. Ambas han tenido que dejar su casa, ambas han cruzado una frontera y ambas se convierten en refugiadas en un país extranjero. Este podcast narrativo de nuestra productora La República Independiente de la Radio une la ficción y el documental, la historia de España y la de Palestina, la guerra civil española y el genocidio en Gaza, para contar la vida de dos mujeres, Lola (Victoria Luengo) y Duha Alzaiti (interpretada por ella misma), atravesadas por un mismo desgarro: el exilio.

En este primer episodio hablamos de las dudas que sobrevuelan el momento de dejar tu casa: ¿volverás a ver a esa persona tan querida otra vez? Lola tiene que abandonar Barcelona ante el avance de las tropas franquistas dejando a la abuela que la ha criado. Duha llevará dos tesoros con ella cuando sale de Gaza después de que su padre pronuncie una frase que no ha podido olvidar: “Nos vamos”.

Créditos:

Los testimonios reales que abren el capítulo pertenecen a los refugiados catalanes, Carme Casas, Josep Colom, Eulalia Sangenis y Luis Martín, y han sido cedidos para este podcast por el Museu Memorial de l'Exili. Victoria Luengo, Juan Diego Botto, Miren Iza y Alberto San Juan los han doblado al castellano. 

 

RESTO DE CAPÍTULOS:  https://www.ivoox.com/podcast-carne-cruda-programas_sq_f157350_1.html

viernes, enero 2

Un poder carcelario

 

 

Con unas cotas elevadas de visibilidad mediática y una influencia creciente en los aparatos judiciales y políticos, los sindicatos y asociaciones de funcionarios de prisiones son hoy un actor decisivo a la hora de entender los procesos de criminalización y producción de pánicos morales y paranoias securitarias.

Responsables directos de la aplicación de los derechos de las personas presas, sus reivindicaciones se basan en el desmantelamiento de dichos derechos, y en la implementación de un modelo de cárcel-guerra que deshumaniza a la población reclusa, al tiempo que criminaliza a sus familias y a los grupos y entidades que les brindan apoyo.

Jose Navarro Pardo, nos presenta el libro Un poder carcelario, sindicatos de prisiones y sistema penal (Virus)

 

linternadediogenes@gmail.com