El 3 de enero de 2026 nos despertamos
con el bombardeo estadounidense sobre Caracas y el sibsiguiente
secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores. Se trata de la
detención más cara de la historia, para la cual se movilizaron
150 cazas, otros tanto helicópteros y 200 soldados de los Delta Force.
Entre 80 y 100 venezolanos y cubanos fueron asesinados y la hasta
entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando del país.
Pese a que la operación viola el
Derecho Internacional de forma flagrante, Trump insiste en que está por
encima de estas normas y que su único límite es su «moralidad» (de la
cual sabemos que anda muy justito). Esto y el hecho de que no haya
ocultado que detrás de esta operación está su voluntad de apoderarse del
petróleo venezolano constatan que nos encontramos ante la «ley del más
fuerte».
«Vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder»,
afirmó Stephen Miller en la CNN el 5 de enero de 2026, mientras exponía
su programa fascista y justificaba la toma de Groenlandia por la
fuerza. «Estas son las leyes de hierro que rigen el mundo desde el principio de los tiempos».
En la madrugada del 3 de enero, la Administración Trump llevó a cabo
una incursión televisada en Venezuela, bombardeando al menos siete
objetivos en Caracas y secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su
esposa, Cilia Flores. Esta operación culminaba una campaña de presión de
un año de duración, durante la cual la administración calificó a los
inmigrantes venezolanos en Estados Unidos como «narcoterroristas»,
intentó aplicar la Ley de Enemigos Extranjeros, bombardeó supuestos
«barcos de drogas», confiscó petroleros y desplegó la Marina
estadounidense para bloquear Venezuela.
El régimen de Trump acusó inicialmente a Maduro de dirigir el llamado
«Cártel de los Soles», una invención tan ficticia como la designación
de una supuesta organización denominada «Antifa» —es decir, la totalidad del movimiento antifascista—
como organización terrorista. Aunque dos días después revisaron esta
acusación para articular un caso legal algo menos endeble, este proceder
es característico de su método: comenzar con una narrativa falsa y
buscar después los medios para imponerla a la realidad.
Uno de los principales objetivos de Donald Trump era difundir una
fotografía de Nicolás Maduro encadenado, evocando las imágenes que las
agencias federales han publicado de personas secuestradas por el ICE. En
lugar de ofrecer mejoras reales en las condiciones de vida de la
población, Trump ofrece a sus seguidores la satisfacción vicaria de
identificarse con carceleros y torturadores. Su objetivo es deshumanizar
a sus adversarios y desensibilizar al conjunto de la sociedad ante la
violencia que será necesaria para sostener su dominio y el propio
capitalismo en una era de beneficios decrecientes.

Los grandes medios de comunicación corporativos están desempeñando su
papel habitual de oposición leal: cuestionan la legalidad de la
operación mientras demonizan a Maduro y ensalzan a su rival derechista,
María Corina Machado. Para quienes aspiran a oponerse al imperialismo
—anarquistas y otros movimientos— resulta imprescindible situar el
ataque contra Venezuela en un contexto más amplio, reflexionar sobre qué
forma podría adoptar una oposición eficaz e identificar cómo responder.
El manual
El Gobierno de Estados Unidos tiene una larga trayectoria de
intervenciones imperialistas en América Latina, que abarca más de un
siglo de operaciones contra Cuba, el sangriento golpe militar en Chile
en 1973 o la invasión de Panamá ordenada por George Bush padre en 1989.
El ataque contra Venezuela se inscribe en la continuidad de iniciativas
más recientes: desde las invasiones de Afganistán e Irak bajo George W.
Bush en 2002 y 2003, hasta el desmantelamiento, por parte de Joe Biden,
del llamado «orden internacional basado en normas» para permitir que
Benjamin Netanyahu lleve a cabo un genocidio en Palestina a partir de
2023.
Al mismo tiempo, el programa de la administración Trump supone una
ruptura con las formas anteriores. Al apostar por la extracción de
recursos mediante la fuerza bruta, sin siquiera la pretensión de una
agenda ideológica alternativa, Trump se alinea con Vladimir Putin y
Benjamin Netanyahu en la inauguración de una era de rapiña abierta y
desacomplejada.
Aunque los subordinados de Trump han invocado las elecciones amañadas
celebradas en Venezuela en 2024 para justificar el ataque, no existe
ninguna intención real de promover elecciones libres ni «democracia» en
el país. Algunas fuentes sostienen que la oposición liderada por María
Corina Machado cuenta con el apoyo de cerca del 80 % de la población
venezolana, pero Trump afirma que no dispone del respaldo suficiente
para gobernar; presumiblemente, se refiere a la falta de apoyo de las
Fuerzas Armadas. Trump preferiría tratar con un régimen autocrático que
le fuera directamente leal. Al fin y al cabo, tampoco desea rendir
cuentas ante las urnas, ni en Venezuela ni en Estados Unidos.
Trump está recurriendo a la guerra para esquivar una crisis interna.
Aunque él mismo y un sector del Partido Republicano llevan tiempo
impulsando un cambio de régimen y un refuerzo de la presencia naval en
el Caribe, este golpe se ha diseñado para copar la atención mediática y
desviar el foco del deterioro de las encuestas y de una serie de reveses
judiciales relacionados con sus intentos de desplegar la Guardia
Nacional. Paralelamente, las pruebas de su implicación en la red de
abusos sexuales y violaciones vinculada a Jeffrey Epstein están
empezando a resquebrajar su base de apoyo.
A medida que los autócratas ven amenazado su control del poder, se
vuelven más peligrosos e imprevisibles. Las maniobras de Netanyahu para
mantenerse a flote frente a sus escándalos de corrupción —incluida su
disposición a sacrificar rehenes para prolongar el genocidio— son
ilustrativas. Cuando la crisis se cierne sobre ellos, estos gobernantes
generan nuevas crisis para distraer a la población. Toda oposición
eficaz debe esforzarse por mantener la atención sobre aquello que Trump
intenta ocultar. Eso es, precisamente, lo que más teme.
Entendido como una operación mediática, el ataque contra Venezuela es
un ataque contra todas nosotras: un intento de intimidar a cualquiera
que pudiera resistirse al régimen de Trump, de hacernos aceptar que la
violencia estatal seguirá intensificándose hagamos lo que hagamos, de
convencernos de que no somos protagonistas de nuestro propio tiempo.
Como ya señalamos en 2025, Trump ha copiado buena parte de su
estrategia de líderes autoritarios como Vladimir Putin. Cuando Putin fue
nombrado primer ministro en agosto de 1999, sus índices de aprobación
eran incluso más bajos que los de Trump hoy. Resolvió ese problema
mediante la segunda guerra de Chechenia, que disparó su popularidad.
Desde entonces, cada vez que su apoyo se ha desplomado, ha recurrido al
mismo patrón: Georgia en 2008, Crimea y el Donbás en 2014, Ucrania en
2022, consolidando progresivamente el control de la sociedad rusa hasta
poder enviar a cientos de miles de personas al matadero de la guerra.
Putin ha utilizado la guerra en Ucrania como instrumento de control
interno, y en Rusia este control va mucho más allá de la represión de
protestas. A medida que empeoran las condiciones económicas, necesita
proyectar fuerza y brutalidad constantes, al tiempo que gestiona una
población cada vez más inquieta y desesperada. Reclutar a jóvenes de
familias empobrecidas del interior para enviarlos al frente sirve para
mantenerlos ocupados; si decenas de miles no regresan, tanto mejor: no
engrosarán las cifras del desempleo ni protagonizarán protestas. El
servicio militar obligatorio también ha empujado al exilio a miles de
personas que podrían haber encabezado una revuelta. Es una estrategia
que veremos reproducirse en otros lugares a medida que se profundice la
crisis global del capitalismo.
La diferencia fundamental es que, aunque Estados Unidos es mucho más
poderoso que Rusia, el control de Trump sobre el poder es mucho más
frágil que el de Putin. Además, tras las desastrosas ocupaciones de
Afganistán e Irak, el electorado estadounidense es hoy mucho menos
tolerante con operaciones que pongan en riesgo la vida de soldados
estadounidenses.
Trump no es un estratega disciplinado ni coherente. Recurre
sistemáticamente a la amenaza y la intimidación, explotando la cobardía y
la debilidad de sus interlocutores. Confía en que esa intimidación
baste para someter a los gobiernos latinoamericanos sin necesidad de
nuevas intervenciones militares. Si fracasa, probablemente recurrirá a
tecnología militar, mercenarios privados y otros mecanismos para ejercer
la fuerza sin desplegar tropas en el terreno. Pero la guerra, una vez
iniciada, impone su propia lógica. Si la administración Trump persiste
en este camino, las fuerzas estadounidenses podrían verse arrastradas a
un conflicto abierto.
Tras el ataque a Venezuela, Trump y su entorno han amenazado con
actuar de forma similar contra México, Cuba, Colombia, Dinamarca y otros
países. Sin duda lo harán si creen actuar desde una posición de fuerza;
pero incluso si las cosas se tuercen, Trump puede intentar utilizar
estas maniobras como cortina de humo para ocultar su debilidad.
El regreso del saqueo
El capitalismo nació al calor del saqueo colonial y, a medida que los
márgenes de beneficio se reducen en la economía mundial, los gobiernos
están retomando esa vieja estrategia de acumulación.
Esto explica tanto la apropiación territorial de Putin en Ucrania
como el intento de Netanyahu de utilizar el genocidio como herramienta
de gentrificación, o la última aventura de Trump en Venezuela.
En un documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional,
publicado en noviembre de 2025, la administración Trump asumió
explícitamente un «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe, cuyo objetivo
es «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio
occidental» para «negar a competidores extrahemisféricos la capacidad de
posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o
controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio».
Trump ha bautizado esta estrategia como «Doctrina Donroe»,
proclamando que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental
nunca volverá a ser cuestionado». Se trata, sin duda, del petróleo
—Venezuela alberga alrededor del 17 % de las reservas mundiales—, pero
también de una pugna geopolítica con China, principal inversor e
importador del petróleo venezolano, que adquiere cerca del 80 % de sus
exportaciones y ha concedido más de 60.000 millones de dólares en
préstamos desde 2007. Esta orientación es anterior a Trump: la
revitalización de la Doctrina Monroe, enfocada a competir con China y
Rusia en el Sur Global, ya era un eje central de la Comisión 2024 sobre
Estrategia de Seguridad Nacional creada bajo la administración Biden.
Dicha comisión reclamaba explícitamente disputar a China y Rusia la
influencia en América Latina en materia de explotación de recursos
naturales y capacidades de proyección de poder. Trump representa el giro
autoritario; la lógica económica y geopolítica ya estaba ahí.
En otras palabras, la brutalidad de Trump ofrece a la clase dominante
una respuesta a un problema estructural del capitalismo contemporáneo:
la evaporación de oportunidades rentables.
El plan de entregar la extracción de recursos venezolanos a empresas
petroleras estadounidenses forma parte de una nueva fase de saqueo
colonial, caracterizada por la apropiación directa de activos ajenos.
Hay que entenderlo en el contexto del estancamiento económico y la
financiarización. Históricamente, recuerda a periodos de «caos
sistémico», cuando la caída de los beneficios empujó al capital hacia la
especulación financiera y el sistema mundial solo logró recomponerse
mediante una violencia masiva. El ejemplo más cercano es el periodo
1914-1945, que incluyó las dos guerras mundiales.
No se trata solo del petróleo, sino de reforzar las condiciones que
permiten la especulación capitalista en general, y de anticipar una
violencia de mayor escala. Estamos entrando en una fase de relaciones
basadas en la fuerza desnuda, no en el «imperio de la ley» ni en la
diplomacia. Este ataque, como la propia presidencia de Trump, es un
síntoma, no la causa.
A diferencia del imperialismo populista del pasado, que redistribuía
parte del botín para sostener el consenso interno, el ataque de Trump
está diseñado para beneficiar a un grupo cada vez más reducido de
capitalistas. La clase media y la clase trabajadora blanca han dejado de
ser «socios menores» del proyecto colonial y tienen cada vez menos
razones para identificarse con él.
La cuestión del liderazgo
En un primer momento, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez
adoptó un tono desafiante, pero pronto dio un giro hacia una retórica
más conciliadora. Esto ha alimentado especulaciones sobre una posible
disposición a cooperar con el régimen de Trump, o incluso sobre
negociaciones ya en marcha.
Existen múltiples escenarios posibles y resulta difícil discernir
cuál es el real. Tal vez Estados Unidos haya colocado a Rodríguez ante
una situación extrema que esté afrontando con valentía; tal vez existan
acuerdos secretos; tal vez ocurra algo distinto. En cualquier caso, la
vulnerabilidad del chavismo ante el secuestro de su líder —y la
posibilidad de que sectores del gobierno venezolano se conviertan en
cómplices del plan de Trump para apropiarse de los recursos del país—
pone de manifiesto que toda jerarquía constituye un punto débil para los
procesos de liberación.
La historia reciente ofrece ejemplos claros: antiguos gobiernos
revolucionarios, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, acabaron
integrándose forzosamente en el neoliberalismo y aplicando políticas de
austeridad y control estatal. Ante estas derrotas, algunas corrientes
concluyen que la única soberanía posible pasa por alinearse con Estados
fuertes y armados nuclearmente, lo que sustenta el llamado «campismo».
Sin embargo, Rusia y China operan bajo la misma lógica autoritaria y
capitalista que Estados Unidos, y quienes las apoyen no tendrán mayor
capacidad de influir en sus decisiones. El resultado es la defensa
impotente de autócratas genocidas. La alternativa real no es elegir un
bando estatal, sino construir una resistencia internacional desde abajo,
capaz de trascender fronteras.
Para que esa alternativa sea viable, la población estadounidense
deberá desarrollar la capacidad de impedir que su propio gobierno
bombardee y saquee otros países.
Qué esperar, cómo prepararse
El ataque contra Venezuela marca una escalada en una guerra indirecta
con China. Reconducir la base industrial —incluida la industria
tecnológica— hacia la industria bélica es una forma de afrontar el
estancamiento económico, pero solo será viable si la administración
Trump logra reavivar el «espíritu nacional» y el patriotismo. En este
sentido, puede sostenerse que la prisa por asegurar la financiación y
expandir la inteligencia artificial busca, en última instancia, moldear
una población más dócil, crédula y fácil de controlar.
A corto plazo, cabe esperar que la administración Trump intente de
nuevo recurrir a la Ley de Enemigos Extranjeros contra la población
venezolana y otros colectivos. El intento anterior de Trump y Miller fue
rechazado por los tribunales porque, en aquel momento, Estados Unidos
no se encontraba formalmente en guerra. Ahora que han fabricado una
guerra, la utilizarán para declarar nuevas emergencias y justificar una
escalada represiva. También es previsible un aumento de la violencia
racista contra personas latinoamericanas y chinas, así como represalias
contra la política exterior estadounidense por parte de actores no
estatales o intermediarios, que la administración Trump tratará de
instrumentalizar para reforzar su agenda.
Las elecciones de mitad de mandato están previstas para noviembre de
2026. Trump y el Partido Republicano no parten como favoritos, pero el
expresidente ha cruzado tantas líneas rojas que no puede permitirse
ninguna amenaza a su poder. Ya sea mediante interferencias electorales,
fraude o —más probablemente— la creación de crisis que legitimen un
estado de excepción, todo apunta a que estas elecciones serán las menos
«democráticas» de los últimos tiempos. Confiar únicamente en las urnas
no bastará para salir de esta situación.
A medida que Trump se vea acorralado por crisis, escándalos y
obstáculos crecientes, su comportamiento será cada vez más violento,
errático y peligroso. Esto es una señal de debilidad, pero se trata de
una debilidad respaldada por toda la potencia del aparato militar
estadounidense. Debemos anticipar enfrentamientos militares de mayor
envergadura antes de octubre de este mismo año, incluidos nuevos
despliegues de la Guardia Nacional y, quizá, incluso la imposición de la
ley marcial.
Las guerras impopulares y carentes de un mandato claro, especialmente
aquellas que implican bajas estadounidenses u otros sacrificios
internos, pueden precipitar la caída de un régimen. Nuestra tarea
consiste en convertir esta guerra —junto con los demás errores de Trump y
los conflictos que se avecinan— en una carga insoportable para toda la
clase dominante. Hará falta una fuerza popular enorme para desalojar a
Trump del poder, por lo que debemos impulsar propuestas igual de
ambiciosas y no limitarnos a reclamar un regreso a un statu quo
centrista que ya es profundamente impopular. Las personas
revolucionarias deben prepararse para superar las maniobras centristas
destinadas a estabilizar el Estado sin transformarlo. Aunque ahora pueda
parecer difícil de imaginar, los levantamientos y las revoluciones se
desarrollan con rapidez: a lo largo de 2024, las revoluciones
protagonizadas por la llamada «Generación Z» derribaron regímenes en
distintas partes del mundo.
En todo Estados Unidos se han repetido consignas como «No más sangre
por petróleo». Sin embargo, Trump ha llegado a la conclusión de que su
base social desea ambas cosas: petróleo y sangre. Los movimientos contra
la guerra tienden a adoptar un enfoque conservador, centrado en
presionar a las instituciones estatales; pero, como ya hicieron
administraciones anteriores, el régimen de Trump ha dejado claro que no
se siente condicionado por la oposición. En lugar de limitarse a
protestas simbólicas y a la formulación de demandas, es necesario
construir movimientos horizontales capaces de responder a las
necesidades reales mediante la acción directa. Estos movimientos deben
centrarse en las condiciones compartidas por la gente común, desde
Caracas hasta Minneapolis: pobreza, austeridad, expolio de recursos
básicos, control ejercido por mercenarios violentos y gobiernos de
magnates que no rinden cuentas. En este sentido, la resistencia contra
la Oficina de Inmigración y Aduanas en distintos puntos de Estados
Unidos constituye un paso prometedor.
Si, como sugiere Stephen Miller, los gobiernos no representan ni los
deseos ni la voluntad de quienes gobiernan; si —como ya debería resultar
evidente— no actúan en defensa de nuestros intereses, sino únicamente
para acaparar la mayor cantidad de riqueza posible, entonces nadie está
moralmente obligado a obedecerlos. La única cuestión es cómo acumular la
fuerza colectiva suficiente —el poder popular, el poder horizontal—
para derrotarlos.
Apéndice: lecturas adicionales
Como punto de partida, se recomienda consultar «Denunciamos la ofensiva imperialista contra Venezuela», una declaración internacional de organizaciones anarquistas latinoamericanas publicada en diciembre de 2025.
Para profundizar en la situación venezolana, las personas lectoras
hispanohablantes pueden acudir al archivo de la ya desaparecida
publicación anarquista venezolana El Libertario. Allí se
encuentran, entre otros materiales, una evaluación crítica de las
organizaciones sociales bolivarianas de 2006 y una recopilación de
textos sobre el papel de la industria petrolera en la represión de los
movimientos populares de base y su integración en la economía global.
Por ejemplo:
«Venezuela forma parte de un proceso de
construcción de nuevas formas de gobernanza en la región, que han
desmovilizado a los movimientos sociales surgidos en respuesta a las
políticas de ajuste estructural de la década de 1990, relegitimando
tanto al Estado como a la democracia representativa para cumplir con las
cuotas de exportación de recursos naturales hacia los principales
mercados mundiales» — Ley Habilitante: dictadura para el capital energético, en El Libertario, nº 62, marzo-abril de 2011.
Desde esta perspectiva, el ataque de Trump contra Venezuela puede
entenderse como una continuación contemporánea de ese mismo «proceso de
construcción de nuevas formas de gobernanza en la región».
https://www.todoporhacer.org